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La literatura fantástica y de terror, mis grandes amores
Elia Barceló

Una de las preguntas que con más frecuencia me han hecho a lo largo de mis años de escritora es: ¿por qué escribes literatura fantástica? De modo que es algo que he tenido que plantearme en muchas ocasiones para poder dar una respuesta comprensible.

Evidentemente, la forma más fácil de responder es: porque me atrae lo fantástico. Pero, ¿por qué me atrae? Y ¿por qué me gusta también usar un fantástico digamos “oscuro” en algunas ocasiones?

En general, uno escribe en el género que más le gusta como lector y yo tuve la suerte de tener un padre con una gran imaginación, que me hizo pensar en muchas cosas que no eran cotidianas y que me encauzó en mis primeras lecturas, todas fantásticas o de aventuras (Verne, Wells, Dumas, Stevenson, Huxley, Orwell, Poe, entre otros). Las novelas de ciencia ficción me abrieron mil mundos que no he abandonado. Luego leí por casualidad El exorcista, después encontré a Lovecraft, a Bram Stoker, a Mary Shelley, mucho más tarde descubrí a Stephen King y fui entrando también en la literatura de terror que me ha dado muchas y grandes satisfacciones. Ya de adulta, los relatos de Julio Cortázar y de Jorge Luis Borges y las maravillosas novelas de Gonzalo Torrente Ballester.

Como me figuro que le pasa a muchas más personas, mi vida en la etapa adolescente me parecía aburridísima comparada con lo que veía en el cine o con lo que leía en las novelas que de verdad me gustaban. Porque las novelas realistas que nos hacían leer en el instituto, por muy bien escritas que estuvieran, me parecían tan sosas como la vida que me rodeaba.

Yo quería (y sigo queriendo) sumergirme en mundos distintos, posibles o imposibles, pero diferentes; buscaba misterio, sorpresas, secretos, aventuras, pasiones, situaciones límite, tramas que me hicieran pensar, soñar, salir de la vida de todos los días. Y eso sólo me lo daba el género fantástico.

Por eso, cuando empecé a escribir, elegí la ciencia ficción y luego, poco a poco, el terror, el fantástico, cualquier género que me permitiera jugar con lo improbable, con lo francamente imposible, con lo intenso.

Muchos padres y muchos profesores están en contra de que los jóvenes lean novelas fantásticas y de terror. Temen, quizá, que sus hijos y alumnos pierdan la relación con la realidad, o que pierdan el tiempo leyendo “tonterías” en lugar de prepararse para la vida profesional.

Probablemente ninguno de esos padres y profesores hayan leído en su vida el tipo de novelas que critican o prohiben porque, si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que el género fantástico y el de terror son los que más pueden aportar a una mente joven, igual que hacen que una mente adulta no envejezca tan deprisa. Porque el fantástico es una especie de gimnasia mental que hace a su lector más fuerte, más abierto, más amplio y respetuoso con la realidad cotidiana.

Todos los humanos necesitamos que nos narren historias y las mejores historias a lo largo de los tiempos siempre han sido las historias extraordinarias: de héroes, de dragones, de batallas terribles en las que los enemigos son diez veces más numerosos, de dioses y magos, y espantosos peligros que hay que superar en soledad, de amores casi imposibles por los que vale la pena arriesgar e incluso perder la vida, de fantasmas que regresan, de monstruos hambrientos surgidos del abismo de las tinieblas.

Todas esas historias nos ofrecen modelos de comportamiento mientras apelan a nuestra fantasía y nos hacen plantearnos quiénes somos y cuál es nuestro papel en esta realidad; nos permiten echar una mirada al lado oscuro y enfrentarnos a nuestros prejuicios, a nuestros temores y, en definitiva, nos ofrecen lo que los griegos antiguos llamaban la “catarsis”, la purificación a través del sufrimiento, que se vive a través de los personajes sin tener que sufrir en carne propia lo que les sucede a ello.

No estoy en contra de la novela realista –de hecho he escrito cuatro en las que no pasa nada sobrenatural ni mágico y he disfrutado mucho escribiéndolas-, pero pienso que la literatura fantástica es la que más puertas le abre a la mente del lector para que pueda perderse por un rato en maravillosos laberintos, en mundos paralelos, en futuros casi inimaginables, en las profundidades del terror de verse enfrentado a seres incomprensibles y malignos.

De esas novelas se sale refrescado, feliz, agotado a veces, pero casi como una serpiente que acabara de cambiar la piel: más grande, más nuevo, con la sensación de que las fronteras de la mente se han ampliado y ahora podemos ver más allá, seguir avanzando por un territorio cada vez más extraño y más gratificante.

Entonces, cuando regresamos a nuestra realidad de todos los días –tan previsible, tan rutinaria– ya no nos duele tanto, porque sabemos que podemos volver a la otra siempre que queramos, siempre que entremos en una buena novela fantástica o de terror.



ELIA BARCELÓ

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