Según
cifras reales, al alcance de cualquiera, los alumnos leen menos
según avanzan en la secundaria. Un dato éste desgraciadamente
demoledor. ¿Qué está ocurriendo? ¿En
qué y dónde estamos fallando? En mi opinión,
uno de los errores en los que más se incurre es la prescripción
de lecturas obligatorias como tareas fuera de clase. Precisamente,
en un librito, muy reciente, de José Antonio Marina y
María de la Válgoma que se titula La magia de
leer, sus autores lanzan la siguiente frase: “el verbo
leer, como el verbo amar, no soporta el imperativo”. O
lo que es lo mismo: no podemos imponer a un adolescente lecturas
para que le guste leer.
De hecho, el término “lectura obligatoria”,
me parece hasta una contradicción de términos,
pues dicha obligatoriedad induce a que las novelas dejen de
ser lecturas, un acto de placer íntimo, privado y elegido,
para convertirse en un deber, en una carga más, que,
negando el carácter lúdico que debe tener el gozoso
hojeo de un libro, suele estar dirigido hacia el árido
y temido comentario de texto posterior. Y un comentario se sustenta
del momento y es efectivo en la cercanía. Alejado del
presente, el comentario es baldío y aburrido. Por todo
ello ¿no sería más interesante leer en
el aula? En vez de repetirnos con cansina continuidad cómo
murió Miguel Hernández, ¿no sería
más productivo leer sus poesías en clase y comentarlas
acto seguido?
También sé –no seré tan necio como
para negarlo- que la ahogante pauta académica deja poco
espacio para la lectura en clase, pero ¿y si en vez de
las novelas, dejamos los sufridos detalles históricos
y figuras retóricas como tareas obligatorias para casa?
Al fin y al cabo éstos son los datos que se preguntarán
en el examen. De esta manera habrá tiempo para disfrutar
con lecturas fragmentarias, episodios bien definidos que, si
cuentan con acertados diálogos, pueden ser representados
en el aula. Y, si el comentario posterior es efectivo y eficiente,
¿cómo va aguantarse las ganas el chaval de indagar
en los capítulos que siguen…? Imposible…