En
la construcción de la propia identidad, la imaginación
juega un papel fundamental. Nuestro entorno (familia, escuela,
etc.) nos “educa” transmitiéndonos desde
la más tierna infancia las informaciones y normas necesarias
para nuestra adaptación a la sociedad; pero este proceso,
en buena medida represivo (como decía Freud, “civilización
es represión”), genera en el niño angustias
y frustraciones que intenta compensar mediante el juego y la
imaginación.
La imaginación infantil es omnívora, se alimenta
de todo lo que hay a su alcance. Pero en la lectura encuentra
el alimento más idóneo, una compensación
de las limitaciones de la realidad (y una alternativa al discurso
dominante) mucho más rica y variada que la que le ofrecen,
en general, los omnipresentes medios audiovisuales.
En pocas palabras: la lectura fortalece la imaginación
creativa y crítica, que es el instrumento necesario para
construir la propia identidad sin someterse ciegamente a los
mecanismos embrutecedores de la sociedad actual, extraordinariamente
potenciados por los grandes medios de comunicación.