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Con un poco de humor
Maite Carranza

El humor es un divertimento casi exclusivo de la especie humana. Y digo “casi” puesto que lo ignoramos (¿Se ríen los monos de nosotros? ¿Explican chistes las ballenas?) Lo que sabemos es que es sano, no cabe duda. Ahora lo recetan los terapeutas, los psicólogos y los psiquiatras, lo recomiendan los médicos y hasta existen cursos de risoterapia. Hay motivos físicos que aconsejan reirnos lo más posible: parece ser que estimula la ventilación pulmonar, ayuda a liberar endorfinas y a dormir mejor. Y por si eso no convence, las estadísticas demuestran que las personas que ríen viven más años y que las mujeres se enamoran más de los hombres que las hacen reír (al revés parece ser que no, lo cual dice bastante a favor de las mujeres).

La risa es la píldora que dora nuestra emocionalidad y aprendemos a utilizarla desde niños. Los jaimitos, los lepes, los del chino, el francés, el inglés y el español, los chistes, sin ir más lejos, suponen un magnífico ejercicio universal de aprendizaje humorístico y de desarrollo de la ironía cultural.

¿Y en la literatura?

En mi opinión, el humor está mucho más presente en nuestra realidad cotidiana de lo que reflejan los libros y la literatura. Afortunadamente (o si no la vida sería insoportable) el humor desdramatiza nuestras vidas y nos permite ver las cosas desde otro prisma.

Y eso fue lo que hice desde mis primeras historias: trampear con humor situaciones cotidianas con un transfondo complejo. Abordé desencuentros entre padres e hijos, inadaptaciones escolares, frustraciones maternales, desconcierto de los adultos ante sus roles, patetismo adolescente, desesperación docente e infinidad de conflictos que habitualmente estaban presentes en la literatura juvenil e infantil, aunque revestidos de una cierta trascendencia.

En la mayoría de mis libros he intentado acercarme a los niños y situarme a su lado, junto a su subjetividad y su desconcierto.

Su particular mirada sobre el mundo no siempre reproduce la coherencia que los adultos pretendemos imponerles, y es que, a veces, no existe tal coherencia. A veces prima la incoherencia.

Las piezas de su rompecabezas no siempre encajan porque la arbitrariedad de determinadas convenciones o normas les confunde. Y es que algunas normas, imposiciones, convenciones y palabras que manejamos los adultos son rematadamente confusas y arbitrarias.

“Por aquí me han preguntado que para qué sirve un examen y por aquí me han contestado que para sonarse”.

El humor se inspira en nuestro viejo juego de los disparates. Es el dislate, el absurdo, el contraste, la descontextualización. Y tambien, claro está, la exageración, la caricaturización y el esperpento.

Y gracias a ello podemos descubrir algunas de las grietas en las que asentamos los pilares de nuestra sociedad y comprobar lo ridículos que resultan muchos de nuestros comportamientos más habituales.

En mis libros enseño a niños y jóvenes a reírse de ellos mismos, de sus mayores y del mundo en el que viven con la convicción de que supone un estímulo de tolerancia cognitiva.

Si hay algo cierto es que los fundamentalismos (sacralizados e incuestionados) están reñidos con el humor.

Y mi última pregunta, la que me hago a mí misma cuando escribo.

¿Estamos preparados para reírnos de nosotros mismos?



MAITE CARRANZA

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