El
humor es un divertimento casi exclusivo de la especie humana.
Y digo “casi” puesto que lo ignoramos (¿Se
ríen los monos de nosotros? ¿Explican chistes
las ballenas?) Lo que sabemos es que es sano, no cabe duda.
Ahora lo recetan los terapeutas, los psicólogos y los
psiquiatras, lo recomiendan los médicos y hasta existen
cursos de risoterapia. Hay motivos físicos que aconsejan
reirnos lo más posible: parece ser que estimula la ventilación
pulmonar, ayuda a liberar endorfinas y a dormir mejor. Y por
si eso no convence, las estadísticas demuestran que las
personas que ríen viven más años y que
las mujeres se enamoran más de los hombres que las hacen
reír (al revés parece ser que no, lo cual dice
bastante a favor de las mujeres).
La risa es la píldora que dora nuestra emocionalidad
y aprendemos a utilizarla desde niños. Los jaimitos,
los lepes, los del chino, el francés, el inglés
y el español, los chistes, sin ir más lejos, suponen
un magnífico ejercicio universal de aprendizaje humorístico
y de desarrollo de la ironía cultural.
¿Y
en la literatura?
En
mi opinión, el humor está mucho más presente
en nuestra realidad cotidiana de lo que reflejan los libros
y la literatura. Afortunadamente (o si no la vida sería
insoportable) el humor desdramatiza nuestras vidas y nos permite
ver las cosas desde otro prisma.
Y
eso fue lo que hice desde mis primeras historias: trampear con
humor situaciones cotidianas con un transfondo complejo. Abordé
desencuentros entre padres e hijos, inadaptaciones escolares,
frustraciones maternales, desconcierto de los adultos ante sus
roles, patetismo adolescente, desesperación docente e
infinidad de conflictos que habitualmente estaban presentes
en la literatura juvenil e infantil, aunque revestidos de una
cierta trascendencia.
En
la mayoría de mis libros he intentado acercarme a los
niños y situarme a su lado, junto a su subjetividad y
su desconcierto.
Su
particular mirada sobre el mundo no siempre reproduce la coherencia
que los adultos pretendemos imponerles, y es que, a veces, no
existe tal coherencia. A veces prima la incoherencia.
Las
piezas de su rompecabezas no siempre encajan porque la arbitrariedad
de determinadas convenciones o normas les confunde. Y es que
algunas normas, imposiciones, convenciones y palabras que manejamos
los adultos son rematadamente confusas y arbitrarias.
“Por
aquí me han preguntado que para qué sirve un examen
y por aquí me han contestado que para sonarse”.
El humor se inspira en nuestro viejo juego de los disparates.
Es el dislate, el absurdo, el contraste, la descontextualización.
Y tambien, claro está, la exageración, la caricaturización
y el esperpento.
Y
gracias a ello podemos descubrir algunas de las grietas en las
que asentamos los pilares de nuestra sociedad y comprobar lo
ridículos que resultan muchos de nuestros comportamientos
más habituales.
En
mis libros enseño a niños y jóvenes a reírse
de ellos mismos, de sus mayores y del mundo en el que viven
con la convicción de que supone un estímulo de
tolerancia cognitiva.
Si
hay algo cierto es que los fundamentalismos (sacralizados e
incuestionados) están reñidos con el humor.
Y
mi última pregunta, la que me hago a mí misma
cuando escribo.
¿Estamos
preparados para reírnos de nosotros mismos?